Marta Ferrer, el lamento mexicano de ‘A morir a los desiertos’

VB | Marta Ferrer al festival Cinélatino
VB | Marta Ferrer en el festival Cinélatino

VICENÇ BATALLA. La catalana Marta Ferrer ya habla con acento mexicano. Del canto cardenche de los antiguos cultivadore-a-s de algodón del árido norte del país, ha extraído el documental A morir a los desiertos donde detiene el tiempo de un México en desaparición pero que deja rastro en su lamento y la transformación que hacen de él las nuevas generaciones. Ella, con 35 años, ha hecho un viaje de vuelta a Europa donde ganó el primer premio en el festival Cinélatino de Toulouse. Conversación en el patio engalanado de la Cinémathèque de la ciudad occitana.

El caso de Marta Ferrer es paradigmático. Estudió en la Escuela Superior de Cine y Audiovisuales de Cataluña (ESCAC) de Terrassa, su misma ciudad. Y, con 23 años, aprovechó una beca de intercambio con el Centro de Capacitación Cinematográfica (CCC) de México DF. Y allí está desde hace doce años, exceptuando un máster en documental de creación en la Pompeu Fabra de Barcelona. “Todos los catalane-a-s que fuimos en este intercambio a México, todos nos hemos quedado… Y de todos los mexicano-a-s que fueron a Barcelona, no se ha quedado nadie. ¡Lo que dice mucho de la hospitalidad catalana!”, nos explica sonriente Marta como una de las razones para esta adopción de una nueva identidad.

Desde entonces, sus dos documentales que realizó en México han sido premiados. El primero, El varal en un pequeño pueblo de Guanajuato sobre las consecuencias del Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos y Canadá, se llevó el primer galardón del festival de Morelia en 2010. El segundo, A morir a los desiertos, obtuvo el Art Kingdom en el festival también mexicano de Los Cabos en noviembre pasado. En su presentación europea, en el treinta aniversario de los Rencontres de Toulouse de cine latinoamericano, también ganó ante otras seis cintas.

La entrevista la hicimos antes de la concesión del premio. Y Marta ya se sentía satisfecha con el simple hecho de haber sido invitada al certamen. Sobre las cualidades de su largometraje, que transforma en contemplación visual la historia de los cardencheros obviando el lenguaje narrativo sobre este canto nacido hace más de cien años como respuesta a las duras condiciones de vida de las explotaciones algodoneras, dan testimonio estos galardones.

“Hice el documental justo en ese momento, en este limbo colgado de un hilo en que el canto cardenche está a punto de desaparecer. Mi idea es que la muerte hay que aceptarla. Una tradición también se muere y se transforma porque no se muere nunca del todo. Y es justo lo que le está pasando ahora al cante. Tengo esta teoría de que la música es de una manera por el espacio donde vive y refleja el contexto de estas personas. Cuando cambia este espacio, cambia la música. Y, ahora, por ejemplo el hip hop podría ser un nuevo cardenche. Y, en el documental, aparece el hip hop…”.

De las haciendas a las maquiladoras

El canto cardenche fue reconocido como tal en los años treinta, después de que los trabajadore-a-s del algodón sometidos a un régimen de semiesclavitud por parte de los hacendados lo hubieran creado para dejar ir sus penas en las fiestas rociadas de alcohol y entre cigarro y cigarro. El porfiriato ya se había acabado, pero aun quedaban las secuelas. Es un primo hermano del corrido, pero sin instrumentos. De tres a cuatro voces, a veces seis, se juntan para arrancar el mal de amores con diferentes tonalidades cada uno pero sin dejar de utilizar un timbre característico. Por ello, también se le apareja al blues. De aquella época, ya casi solo queda el veterano cuarteto Los Cardencheros de Sapioriz, la zona donde Marta Ferrer les ha filmado desde 2012 y situada en la Comarca Lagunera entre los Estados de Durango y Coahuila. También hay imágenes del pueblo de La Flor de Jimulco. Aunque Marta no da ninguna explicación en el documental porque lo que le interesa es retratar la atmósfera y los personajes.

“El contexto ha cambiado. Se abrieron al mundo, entraron los tocadiscos, otras alternativas de ocio. El cante fue a la baja. Y ahora solo existe un grupo. Este último grupo, Los Cardencheros de Sapioriz, son los personajes del documental. Sus hijos ya no quisieron aprender el cante. Por esta brecha generacional… El problema es que estos jóvenes trabajan en las maquiladoras o tienen otros trabajos. Trabajan muchísimas horas y no tienen tiempo para aprender el cante. Esto forma parte de la misma transformación”.

El documental lo refleja con escenas de los jóvenes en las maquiladoras, factorías de pantalones tejanos con material y producción de procedencia y destino a Estados Unidos. También se ven y se escuchan las experiencias que provienen de grupos de hip hop haciéndose valer de la inspiración cardenche.

“Yo siento que ahora están naciendo nuevas propuestas. Por parte de la gente joven, que hace música de otros géneros, pero haciendo reinterpretaciones del canto cardenche. En el documental, se escucha en los créditos al final un rap de los Caballeros del Plan G, un grupo de hip hop conocido en México. Son de la zona y están superorgullosos de su tradición. Están preparando un álbum donde rapean sobre pistas de canto cardenche. Y también está Juan Pablo Villa, que ha hecho música para el documental. La suya es una música experimental, normalmente a capela con su voz. Ha fundado un coro acardenchado, con reinterpretaciones y colaboraciones con los señores”.

Acostumbrados como estaban Los Cardencheros de Sapioriz a ver desembarcar en su pueblo las cámaras de televisión desde hace una decena de años, y después de actuar en Washington, Nueva York o París, la propuesta de Marta al principio les sorprendió. “El documental no es nada explicativo ni descriptivo. No es informativo. Es mucho más sensorial y observacional. A mí, lo que me atrajo fue el contexto social e histórico de este cante”, comenta como motivación la realizadora. “Al llegar, fue impresionante ver como estaban acostumbrados a este lenguaje televisivo. A los cinco minutos, ya me decían si los grababa para cantar. Y tuve que hacer todo un trabajo para explicarles que esto era una cosa diferente. Que, a mí, me interesaba mucho ver su cotidianidad. Que era un intercambio”.

Para romper este lenguaje formeteado, el equipo de cuatro personas hizo varios viajes. A veces, quedándose un mes. Principalmente, en primavera y otoño porque los inviernos y los veranos son muy extremados. “Lo que me interesaba sobre todo era el viento. Hacia marzo se producen las tolvaneras, que son tempestades de viento. Al ser desierto, hay mucho polvo y mucha arena. En el documental, esta atmósfera y este clima de viento está presente”.

Y, ante la imposibilidad de cambiarles totalmente el chip, la realizadora optó por integrar algunas de estas actitudes. “¡Sobre todo en el caso de Fidel Elizalde, que es el más joven del grupo y tiene 74 años! Fidel es el portavoz, es siempre quien habla. Cuando hacen un concierto, se encarga de la introducción”. Pero, en la película, aparecen otros personajes: mujeres que hablan y también cantan, jóvenes que van a los bailes con orquesta, mas cardencheros. Conversando entre ellos. Mirando hacia la cámara. La escena inicial es un trávelin de sus bocas, en silencio, siguiendo un sueño de Marta en el origen de este proyecto.

En el festival de Los Cabos, se encontraba el cuarteto al completo. “Ahí, lo pudieron ver en pantalla grande por primera vez. Fue curioso porque la frase fue: ¡Pues está rarito, Martita! ¡Pero está bonito y parece que le gusta a la gente! Los espectadores estaban fascinados, les hacían muchas preguntas. Los jóvenes se hacían ‘selfies’, como si fueran estrellas. Para ellos, fue un contacto diferente al que estaban acostumbrado”.

Una nueva generación de documentalistas

Una mirada cinematográfica como esta, donde un microcosmos sirve para operar un trabajo visual y poético que transciende la pura historia local, recuerda de forma importante a El cielo gira de la soriana Mercedes Álvarez que en 2005 tuvo un gran impacto sobre el concepto de hacer documentales. Marta Ferrer lo vio al llegar a México y, después, tuvo a Álvarez de profesora en la Pompeu Fabra.

Otras influencias que cita la realizadora son la documentalista israelí Avi Mograbi y el ruso Viktor Kossakovsky. Pero también el cineasta Aki Kaurismäki. Y, entre el resto de documentalistas residentes en México, destaca la salvadoreña Tatiana Huenzo y Everardo González. De este, en Toulouse, se podía ver fuera de competición La libertad del diablo, un documental sin concesiones con víctimas y verdugos de la violencia mexicana donde los entrevistados aparecen todos con capucha (durante la celebración del certamen se recordó la desaparición de tres estudiantes de cine de Guadalajara que al final se ha sabido que fueron asesinados por error en un ajuste de cuentas entre bandas).

En Cinélatino, estaba programado a su vez Al otro lado del muro, del también catalán Pau Ortiz, sobre la situación de los hijos de madres inmigrantes encarceladas en México y Olancho, de los norteamericanos Christopher Valdés y Ted Griswold, que sigue a un grupo de músicos hondureños que se ven obligados a tocar para los cárteles que transportan cocaína a Estados Unidos.

Marta Ferrer no ha ganado dinero con A morir a los desiertos, únicamente ha podido pagarse la película con la ayuda del instituto mexicano IMCINE y la productora Pimienta Films. Lo que también ha dado trabajo a otra antigua estudiante de la ESCAC Ares Botanch como editora. Pero posiblemente la buena acogida en estos festivales le dará la oportunidad de poner en marcha otros proyectos. “Ya tengo dos ideas y muchas ganas de empezarlas. Y, de hecho, ahora estoy pensando en volver a Barcelona y vivir entre las dos ciudades. Para mí, Barcelona es como empezar de cero. Yo empecé en México y sé que los proyectos seguirán estando en México. Y sé que quizás los documentales, si me hubiera quedado en Barcelona, no los hubiera podido hacer”.

 

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