FUNDIDO A NEGRO. LA GLORIA Y EL INFIERNO DE UNA GENERACIÓN

RAFAEL VALLBONA

 

ARCHIVO | Una imagen de las aulas en la España de los años sesenta
ARCHIVO | Una imagen de las aulas en la España de los años sesenta

Capítulo 1. De nosotros no se esperaba nada

 

“El mundo rompe a los individuos y, a la mayoría, se les calcifica la fractura; pero a los que no quieren dejarse doblegar entonces, a estos, el mundo los mata. Mata indistintamente a los muy buenos, y a los muy tiernos y a los muy valientes. Si usted no se encuentra entre estos también le matará, pero en este caso tardará más tiempo”.

Adiós a las armas, Ernest Hemingway

PREFACIO

Soy una de las catorce millones de personas nacidas entre finales de los cincuenta y primeros de los setenta que cambiaron la población de este país. Al acabar la Guerra Civil, la ciudadanía española era menguada y envejecida. Cuarenta años después, la transición del franquismo a la democracia se aceleró, en parte, por la influencia de la juventud en la sociedad del momento. El año 1985, más de la mitad de los habitantes del Estado teníamos menos de treinta años.

No pretendo con esto atribuir ningún protagonismo especial ni a mí ni a mis coetáneos. No fuimos concebidos para cambiar los designios políticos del país y no lo hicimos. Nuestros nacimientos apenas supusieron una leve esperanza para muchas familias que aspiraban a una vida un poco más feliz y con algunas de las comodidades de la sociedad de consumo que descubrían. Pero las cosas fueron como fueron y ahora, lejos ya de la vanguardia social y muchos en el umbral de la jubilación, la generación llamada del baby boom es la que sostiene la depauperada bolsa que paga las pensiones.

Entre un punto y otro nos han pasado muchas cosas, algunas buenas, otras no tanto, hasta hoy mismo, que un virus devastador combinado con el desmantelamiento que ha sufrido la sanidad pública en los últimos años, ha puesto cerca del precipicio, y sin posibilidad de echarse para atrás, a todos nosotros como colectivo generacional, y al mundo que, a lo largo de nuestra vida, hemos conocido y contribuido a construir. Hemos llegado al momento del fundido a negro.

DE NOSOTROS NO SE ESPERABA NADA

Joan y Maria Rosa se casaron el año 1957, hicieron una modesta celebración en el restaurante Can Soteras y fueron a vivir con los padres de él. Joan trabajaba de administrativo en tres lugares, una novedad de la época: el pluriempleo, y ella bordaba iniciales y cenefas en juegos de mesa y de cama con la suegra mientras escuchaban la radionovela. En 1959 Franco apartó a la vieja guardia vencedora de la guerra del gobierno y puso al frente a un grupo de técnicos que liberalizaron la economía y abrieron el país a la inversión extranjera. El resultado fue un crecimiento del PIB de hasta un 7,2% y, pese a que la balanza comercial se desequilibró, los ingresos de la incipiente industria turística y las remesas de los emigrantes, conformaron una época de crecimiento: el conocido como desarrollismo.

España era el país más pobre de Europa, y el despegue económico no lo resolvió, pero abrió un resquicio de esperanza en aquella generación de jóvenes parejas nacidas de la ilusión republicana, una bocanada de aire fresco que les hizo creer en la posibilidad de una vida discretamente jubilosa. Y de una noche de humilde alegría, en agosto de 1960 nací yo. Un sueldo, el crédito y el consumo vencieron definitivamente una sociedad que, hasta entonces, solo había estado derrotada por las armas. Dos años más tarde nació Montserrat que, afectada de síndrome de Down, murió unas semanas después y en 1964, coincidiendo con el arranque del Primer Plan de Desarrollo del ministro López Rodó, Joan unió a la familia y suturó las heridas de la pérdida. Fue la clave emocional.

Y podríamos decir que aquí se cierra la expectativa de confianza que la sociedad puso en nosotros. Habíamos traído alegría (banal quizás, pero políticamente eficaz) a un país depauperado y triste y, desde el nacimiento, hacíamos mover el consumo. Nadie esperaba nada más de nosotros: aprender una poco de letra, doctrina y Formación del Espíritu Nacional, y engrasar la maquinaria del trabajo que estaba poniendo en marcha el desarrollismo. Se esperaba tan poco de nosotros, que ni tan siquiera a los cerebros pensantes de la tecnocracia opusdeista se les ocurrió que el año 1968 la población en edad de bachiller pasaría de medio millón a un millón doscientos mil; y la enseñanza pública flaqueó, claro. Aquella fue la primera y más celebrada victoria de los baby boomers. Las goteras que tenía la educación franquista (sin recursos ni maestros) fueron aprovechadas por movimientos pedagógicos en sintonía con las modernas experiencias de países democráticos y por iniciativas culturales y de ocio como el escultismo. La fundación de la Asociación de Maestros Rosa Sensat puso las bases para la transformación educativa del país. Si la escuela era capaz de transformar aquella joven generación mayoritaria, el país podía tener futuro más allá de las fútiles ilusiones del desarrollismo franquista, que era el magro bagaje que había podido reunir la generación de sus padres.

Cuando la dictadura se dio cuenta del fracaso de su escuela pobre y adocenada, ya era tarde. Además, la creación deprisa y corriendo de institutos de bachillerato trajo a la docencia a una nueva generación de profesores bien preparados y, sobre todo, muy alejados de los postulados ideológicos del régimen. Y, entre lo que aprendimos en las aulas y lo que descubrimos por la calle, las chicas y los chicos del baby boom se dieron cuenta de que, ya que no se esperaba nada de ellos salvo reproducir miméticamente la mediocre existencia que la dictadura imponía a la sociedad, no tenían nada que perder si intentaban conquistar algunos de los anhelos que, medio de escondidas o por casualidad, habían descubierto en clase, en el patio, con la pandilla, en el grupo scout o en alguna discoteca de pueblo.

El sueño que movía la vida y la acción de aquellos jóvenes adolescentes estaba lejos de las paredes de casa, de la familia, por supuesto de las instituciones franquistas, e incluso de las fronteras del país. Eran quimeras hechas de libertades individuales, espejismos de cosas que habíamos creído descubrir en los turistas o habíamos medio leído en revistas que pasaban bajo mano: rock, drogas, feminismo, contracultura, homosexualidad, poesía. Y, como no sabíamos que eso era imposible en aquella España de Franco, lo hicimos.

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