Las almas invisibles de Hamaguchi y Hansen-Løve

CG CINÉMA | Mia Wasikowska, en la escena de <em>Bergman Island</em>, de Mia Hansen-Løve, donde baila con la canción <em>The Winner Takes It All</em> de los Abba
CG CINÉMA | Mia Wasikowska, en la escena de Bergman Island, de Mia Hansen-Løve, donde baila con la canción The Winner Takes It All de los Abba

VICENÇ BATALLA. Llegados al ecuador del Festival de Cannes, y esquivando los peligros de un virus que sigue condicionando todos los movimientos, dos películas a competición nos hablan de esas relaciones invisibles que no se ven pero que forman parte de la vida cotidiana. De eso va la fantástica plasmación en pantalla de Drive My Car, del japonés Ryusuke Hamaguchi. Pese a que sea la más larga de cuantas optan a premio con tres horas, la cinta necesita precisamente de ese tiempo para transmitirnos visualmente esas figuras presentes y ausentes de las que trata, en un ejercicio de la palabra y el silencio que deja huella. Adentrándose en la isla de Fårö de Ingmar Bergman, la francesa Mia Hansen-Løve hace suya a su vez la herencia cinematográfica de este tótem llevándolo a su terreno, al deconstruir historias del pasado y el futuro. Más clásica, pero con el encanto de esos vínculos que como vecinos de unos territorios tan inhóspitos unen a Finlandia y Rusia, es Hytti Nro 6 (Compartimento nº 6), del finés Juho Kuosmanen. En cambio, la presencia otra vez en la máxima competición de Sean Penn, con Flag Day, no está justificada y aún menos, aunque pueda parecer extraño, la de Nanni Moretti con Tre piani (Tres plantas).

Con 42 años, Ryusuke Hamaguchi, el realizador japonés más en alza, no llegó a las pantallas occidentales hasta 2015 con su largometraje Senses, que, dividido en cinco capítulos y con una duración de casi cinco horas, se vio en los cines franceses en tres partes. El próximo octubre, por primera vez, se estrena en España una película suya: Guzen to Sozo (La ruleta del amor y la fantasía), que se presentó en la Berlinale en marzo. Pero tanto Senses, un elegante y sensible cruce de historias de pareja y de generaciones en el Japón contemporáneo, como Asako 1 & 2, su primera película en competición en Cannes en 2018, han permanecido inéditas hasta ahora en la Península.

ARCHIVO | El actor protagonista Nishijima Hidetoshi y la conductora de su vehículo, Miura Toko, durante buena parte de la película <em>Drive My Car</em>, de Ryusuke Hamaguchi
ARCHIVO | El actor protagonista Nishijima Hidetoshi y la conductora de su vehículo, Miura Toko, durante buena parte de la película Drive My Car, de Ryusuke Hamaguchi

La intensa producción de Hamaguchi le permite presentar ahora en Cannes las tres horas de Drive My Car, basada en un cuento de Haruki Murakami, de la antología de 2014 Hombres sin mujeres (Tusquets, 2015). A diferencia de sus películas anteriores, en que se sobreponían varias historias paralelas, y, en el caso de Asako, a veces los personajes podían quedar algo diluidos, en esta ocasión seguimos a un protagonista central (excelente Nishijima Hidetoshi) que se cruza simultáneamente con otros, sobre todo mujeres, en un puzzle de situaciones y sentimientos que confieren esta vez al film de una unidad deliciosamente armónica.

El luto por medio de la palabra de ‘Drive my car’

El protagonista es un actor y director teatral, con una compañera guionista de series de televisión (Kirishima Reika) que fallece antes de que él monte una versión multilingüe de El tío Vania, la obra de Chéjov, en Hiroshima. De entrada, las escenas de cama, cuando hacen coincidir el coito con el desarrollo de los guiones de ella, sorprenden por su inventiva. Aunque el hilo conductor que permanece durante toda la película sean las grabaciones que ella ha hecho con su voz para que él pueda dar las réplicas del personaje del tío Vania escuchándolas en el coche, mientras conduce. Es la manera como la mantendrá en vida y como su nueva conductora (impresionante la sobriedad de la joven Miura Toko) conocerá esta historia de luto que estará ligada a otra vivida por ella misma.

Un cuarto personaje clave es el del actor y amante rival del director teatral (Okada Masaki), que afronta cara a cara los miedos y las angustias de los roles masculinos. Y, como colofón, aparece una chica surcoreana muda (Park Yoo-rim) que se comunica con el lenguaje de los signos y que contribuirá a este memorable juego entre la palabra, los gestos y los silencios en que se habrá convertido el film.

El ritmo, sostenido y pausado, toma nota de otros maestros de la región como Jia Zhang-ke o Lee Chang-dong. No hace falta introducir dramatismo alguno a los giros vitales de cada uno de los personajes; el ritmo lo marca su respiración y el de las imágenes. Como epílogo, además, hay una bonita metáfora rodada ya en plena pandemia que demuestra que Hamaguchi es capaz de leer cinematográficamente los cambios en nuestras vidas. La cinta se estrena en Francia el 18 de agosto y no tiene fecha aún en España.

Los fantasmas femeninos de ‘Bergman Island’

CG CINÉMA | Vicky Krieps, el alter ego de la realizadora Hansen-Løve y Tim Roth, en Bergman Island
CG CINÉMA | Vicky Krieps, el alter ego de la realizadora Hansen-Løve y Tim Roth, en Bergman Island

En este juego de espíritus y fantasmas, la francesa Mia Hansen-Løve logra salir airosa de forma brillante del envite en la isla sueca de Fårö, identificada para siempre jamás con el célebre director teatral y cinematográfico Ingmar Bergman, con Bergman Island. Temíamos que la película se convirtiera en un cliché con la pareja de protagonistas realizadores (interpretados por Vicky Krieps y Tim Roth; como posible recreación de Hansen-Løve y su expareja, el también director Olivier Assayas), que viajan a la isla para escribir sus respectivos guiones. El peligro existía, porque la sutil Hansen-Løve nos había fallado con su anterior film, Maya (2018), protagonizado por un fotógrafo de guerra insoportablemente ególatra. Pero esta nueva película nos tranquiliza de que solo se trató de un accidente.

Este riesgo de cliché también existía una vez visto el exhaustivo documental de la alemana Margarethe von Trotta Entendiendo a Ingmar Bergman (2018),  que lo explica casi todo. Pero el temor se disipa a medida que el cine entra en la escenografía de Hansen-Løve. Porque en su trama introduce una película dentro de otra película, y a personajes que se cruzan entre una y otra con la agilidad y sencillez que la caracterizan. Hay, claro está, un homenaje a Bergman Hansen-Løve viajó a la isla durante cinco años consecutivos, incluidos los del rodaje en 2018 y 2019, pero no elude la cara menos amable del famoso director sueco, intratable con sus mujeres e hijos. Y, sigilosamente, el rol de Krieps va adquiriendo cada vez más ascendente respecto al de Roth, hasta convertirse en el principal, como si fuera una apropiación femenina de este legado Bergman. La película dentro de la película se complementa con los personajes encarnados por Mia Wasikowska y Anders Danielsen Lie (que actúa también en el film noruego en competición Julia). Finalmente, de este relato de muñecas rusas, salimos con una mirada nueva sobre este lugar de peregrinaje cinéfilo gracias a la ligereza y melancolía de la directora.

Cabe destacar que, en la escena del Bergman Tour, hay un cameo del crítico de cine catalán y actual director del Centre de Cultura Contemporánea de Barcelona (CCCB), Jordi Costa. Y, conociendo el interés por la música de baile de Hansen-Løve (demostrada en 2014 en el entrañable Eden, sobre la otra cara del French Touch), hay por supuesto una escena disco con The Winner Takes It All de Abba y I Love to Love (But My Baby Loves to Dance), de Tina Charles, que se repite en los créditos de cierre. En Francia, el film se estrena el 14 de julio, y en España el 22 de diciembre.

El frío pero acogedor ‘Compartimento nº 6’, de Juho Kuosmanen

SAMI KUOKKANEN/AAMU FILM COMPANY | La finesa Seidi Haarla y el ruso Yuriy Borisov, en <em>Compartimento nº 6</em> de Juho Kuosmanen
SAMI KUOKKANEN/AAMU FILM COMPANY | La finesa Seidi Haarla y el ruso Yuriy Borisov, en Compartimento nº 6 de Juho Kuosmanen

Sin salir de tierras escandinavas, el finlandés Juho Kuosmanen realiza en Hytti Nro 6 (Compartimento nº 6) un logrado ejercicio retro en suelo ártico que cuenta un delicado encuentro entre dos seres que huyen de su soledad. Kuosmanen, que se dio a conocer en 2016 con El día más feliz en la vida de Olli Mäki, la historia real de un boxeador de los años sesenta, continúa hurgando en el pasado, en este caso en el de la Rusia post-soviética más inmediata, que situaríamos hacia el año 2000. Y lo hace utilizando los colores oscuros, verdes y amarronados, con los que sobresale su compatriota Aki Kariusmäki, que se ajustan a ese ambiente intemporal y claustrofóbico del vagón nº 6 con literas, en el que coinciden los dos personajes en un viaje que va de Moscú a la ciudad lapona de Murmansk.

Ella es una joven estudiante de arqueología finlandesa (Seidei Haarla), que huye de una historia de amor con una moscovita mayor que ella del circuito cultural de la capital. Él es un joven ruso que solo aspira a trabajar en las minas de Murmansk para ganar dinero y emborracharse (Yuriy Borisov). El encuentro entre ambos es brusco y podría ser previsible porque, poco a poco, se establece una relación de afecto entre ella, que acaba dándose cuenta de que, aunque finlandesa, nunca será aceptada por ciertos círculos rusos, y él, que, incapaz de mostrar sus sentimientos, se oculta tras su virilidad. Pero el trabajo de Kuosmanen y la interpretación de los actores, además de otras situaciones que se intercalan durante el viaje, hacen creíble esta relación y sirven para explicar tanto una época gris que parece no irse nunca de la Rusia contemporánea como las emociones que surgen en un territorio tan hostil como el norte ruso. Al final del viaje, los dos mundos tan diferentes uno del otro no se han evaporado, pero sí que esta compañía en un ambiente tan glacial les ha servido a los protagonistas para sentirse un poco menos mal. Y esta culminación visual en plena Laponia también es digna de contemplarse.

Decepcionantes Sean Penn y Nanni Moretti

METRO GOLDWYN MAYER PICTURES FILM | Dylan Penn y su padre Sean Penn, interpretando ambos la última película realizada por el segundo Flag Day
METRO GOLDWYN MAYER PICTURES FILM | Dylan Penn y su padre Sean Penn, interpretando ambos la última película realizada por el segundo Flag Day

Entramos en el capítulo de las dos decepciones de los últimos días con películas que habrían podido estar en la selección oficial por la celebridad de sus autores, pero no en competición, máxime cuando este año hay un overbooking de 24 títulos. El actor y realizador norteamericano Sean Penn cosechó un fracaso rotundo cuando hace cinco años presentó, también a competición, Diré tu nombre, una excursión amorosa entre Javier Bardem y Charlize Theron, miembros de una ONG en la guerra de Liberia. La historia de amor ocupaba el primer plano mientras las víctimas del conflicto quedaban completamente eclipsadas. Su último trabajo, Flag Day, mantiene mejor la compostura en un cara a cara entre el propio realizador y su hija Dylan Penn —este sería su mayor atractivo, pero carece de sentido que ocupe el lugar de otras películas de mayor calidad programadas en la sección paralela Un Certain Regard y que probablemente nos estamos perdiendo.

Para resumir, Flag Day es la historia real del seductor y mentiroso compulsivo John Vogel, que estafó millones de dólares mientras su hija dejaba de creer en él y empezaba a trabajar de periodista para contrarrestar su influencia. De esta experiencia, ella escribió un libro en el que se basa libremente el film. Penn juega con las complejas relaciones padre-hija de esta historia y su doble sentido teniendo en cuenta quienes son los que lo interpretan y, para evocar los momentos felices de los años setenta, utiliza unas imágenes que se quieren amateurs de Súper 8 pero que, a estas alturas, no tienen nada de originales. Nos consolamos con la música que suena de Cat Power. No hay fecha de estreno en España, pero en Francia llega a las pantallas el 22 de septiembre.

Por su parte, Nanni Moretti se ha basado por primera vez en un texto ajeno para poner en escena Tre piani (Tres plantas), novela reciente del israelí Eskhol Nevo. Es la peor película que hemos visto del realizador y actor italiano. Ya en su día no nos convenció su cinta anterior, Mia Madre, presentada en Cannes en 2015. Ahora ha trasplantado este relato israelí a las familias burguesas de un edificio de Roma. El resultado es un relato deshilvanado, con personajes planos e, incluso, retrógrados, envuelto en una factura que muchas series de televisión superan con creces. También sin fecha en la Península, sale en Francia el 27 de octubre y esperemos que no ensombrezca la carrera de un Moretti, mucho más inspirado anteriormente.

* Todas las crónicas del Festival de Cannes 2021

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