‘Benedetta’, de Paul Verhoeven, y la peste

GUY FERRANDIS/SBS PRODUCTIONS | Virginie Efira, interpretando a la mística i sáfica monja en <em>Benedetta</em>, de Paul Verhoeven
GUY FERRANDIS/SBS PRODUCTIONS | Virginie Efira, interpretando a la mística y sáfica monja en Benedetta, de Paul Verhoeven

VICENÇ BATALLA. A punto de cumplir 83 años, el holandés Paul Verhoeven no se enternece y continúa fabricando artefactos explosivos para el cine como es el caso de Benedetta, la historia de una monja lesbiana en la Toscana del siglo XVII, plagada de ecos contemporáneos. Presentada a competición en el Festival de Cannes, se rodó en 2018, no se presentó en la edición de 2019 por enfermedad de Verhoeven, y ha tenido que esperar otro año más tras la suspensión del certamen en 2020. A pesar de ello, la cinta llega intacta, con todo su poder de deflagración, y con la nueva heroína de Verhoeven, Virginie Efira, que desafía a propios y extraños. También a competición, destaca Julia (en doce capítulos), la nueva entrega sobre las relaciones generacionales del noruego Joachim Trier, y el rol que este le brinda a la joven actriz Renate Reinsve. Por su parte, el chadiano Mahamat-Saleh Haroun, con Lingui, trata abiertamente sobre los tabúes del aborto en su país y, en general, en África, aunque lo haga de un modo demasiado pedagógico. Y, finalmente, La Fracture, de la francesa Catherine Corsini, intenta hablar de esa fractura social que pusieron en evidencia los chalecos amarillos pero no lo logra.

Una espera tan prolongada para presentar en público Benedetta, con toda la carga erótica y blasfema añadida, podía acabar convirtiéndose en un petardo mojado. Pero, no. Por supuesto que la película de Verhoeven contiene esos elementos kitsch de las cintas de monjas encerradas en conventos y los fantasías sexuales, y que aborda todo tipo de milagros, exorcismos e inquisiciones que se asocian con la época de la Contrarreforma, pero insistimos en que el film va más allá y que se acaba imponiendo al escepticismo inicial por su contundencia y la presencia, más que física, de la belga Virginie Efira, entre mística y sáfica.

Ni la madre superiora, una Charlotte Rampling más pragmática y escéptica que nadie, ni el nuncio de Florencia, un Lambert Wilson tan oportunista como cretino, ni el resto de las monjas, desde su joven amante hasta las competidoras, llegan nunca a saber cuál es la verdadera naturaleza de Benedetta, si se trata de una iluminada o de una manipuladora. Tampoco lo averiguarán los espectadores, y, de hecho, a Verhoeven parece no interesarle más que la posibilidad de explorar este episodio histórico para darle ahora eco entre nosotros. Ahí está, por ejemplo, la epidemia de peste italiana de 1629 a 1631, que condiciona los acontecimientos que vemos en la película, incluido un confinamiento en la localidad de Pescia, donde ocurrieron los hechos.

Las llamas de Virginie Efira

GUY FERRANDIS/SBS PRODUCTIONS | Daphne Patakia (la monja Bartolomea) y Virginie Efira, en la escena en cuestión de la estatuilla de la virgen como consolador en <em>Benedetta</em>
GUY FERRANDIS/SBS PRODUCTIONS | Daphne Patakia (la monja Bartolomea) y Virginie Efira, en la escena en cuestión de la estatuilla de la virgen como consolador en Benedetta

Allí vivió la monja Benedetta Carlini, en el convento de las teatinas, cuyas prácticas fueron condenadas por la Iglesia. Su juicio fue exhumado de antiguos documentos por la historiadora estadounidense Judith C. Brown en el libro Impudic Acts (1986), que en español se tradujo más explícitamente como Actos vergonzosos. Sor Benedetta: entre santa y lesbiana (Crítica, 1989). Verhoeven y su guionista, David Birke, explican que el setenta, ochenta por ciento de cuanto se ve en el film no es producto de la imaginación. Ni siquiera la escena de la que sin duda más se hablará, y que de hecho significó la condena en vida de Benedetta en que la monja Bartolomea (Daphne Patakia) le introduce como consolador una imagen de la Virgen María, cuya base la segunda había redondeado previamente.

Jesucristo también aparece como salvador y amante ambiguo en los éxtasis de Benedetta, así como el repertorio de los comportamientos que en aquella época se consideraban como antinaturales y aún, en la actual, pueden escandalizar si se tiene en cuenta la cruzada integrista de algunas ideologías. Aunque, en esta producción, el director holandés consigue construir otro de sus personajes femeninos que escapan de su control y adquieren vida propia con su cuerpo, trascendiendo a la actriz. Ese fue el caso de Sharon Stone en Instinto básico (1992) o el de, más recientemente, Isabelle Huppert en Elle (2016). En aquel momento, nos pareció que Huppert se comía a Verhoeven, pero ahora se puede decir que Verhoeven y Efira consiguen romper cualquier tipo de tabúes, sexuales, escatológicos y de dogma de los códigos cinéfilos. Será curioso ver cuál será la reacción del jurado. De momento, el film se proyecta ya en las salas francesas, mientras que en España llega el 29 de octubre.

Los doce capítulos de Julia, de Joachim Trier

OSLO PICTURES | Renate Reinsve, en el rol de <em>Julia (en doce capítulos)</em>, de Joachim Trier
OSLO PICTURES | Renate Reinsve, en el rol de Julia (en doce capítulos), de Joachim Trier

El planteamiento de Joachim Trier para Verdens Verste Menneske (The Worst Person In The World, literalmente en noruego), pero traducido en francés como Julia (en doce capítulos), es análogo al de las comedias juveniles de Woody Allen, aunque con los códigos de la juventud actual. Trier, de 47 años, ha recurrido a Renate Reinsve, que ya intervino en su película más conocida, Oslo, 31 de agosto (2011), para encarnar al personaje central del film, que, en doce capítulos, un prólogo y un epílogo, nos relata su crisis de los treinta, entre el deseo de seguir teniendo abiertas todas las puertas y el de tener a la larga una necesaria estabilidad económica y familiar. Tanto el imaginativo dispositivo como el trabajo de la simpática Reinsve, interactuando con sus compañeros y sus padres, resulta fresco y emotivo.

Las relaciones personales de la joven se adaptan al entorno de una ciudad escandinava como Oslo, donde la presión urbana es menor que en otras capitales; la educación y la cultura juegan un importante papel; y la sensibilidad ecológica está muy extendida. Pero, como en el resto del mundo, la protagonista se enfrenta al dilema de ser madre en función de lo que ella desea o de lo que quieren sus parejas. El punto de vista del realizador es el de ella, no el de su compañero más estable y de mayor edad un posible alter ego de Trier quien, a pesar de ser un dibujante de cómics underground y polémico entre las feministas, sí que se proyecta a más largo plazo. No revelaremos el desenlace del asunto, pero sí destacaremos que, en cada uno de los capítulos, la narración fílmica se renueva y ofrece un mosaico de los diferentes ángulos, y sentimientos, de Julia. En este sentido, es un hallazgo la escena en que todos los personajes permanecen congelados mientras ella aprovecha ese lapso de suspensión temporal para tomar una de sus decisiones vitales.

Trier había competido ya en Cannes en 2014 con El amor es más fuerte que las bombas, un proyecto internacional con Isabelle Huppert, Gabriel Byrne y Jesse Eisenberg, que tenía también sus cualidades a la hora de mostrar unas delicadas relaciones familiares. No obstante, es evidente que el realizador consigue más gracia en sus planos cuando rueda en su hábitat natural. Sin fecha para España la cinta se estrena en Francia el 13 de octubre.

Las denuncias de Mahamat-Saleh Haroun, en Chad, y Catherine Corsini, en Francia

PILI FILMS | Rihane Khalil Alio, en el papel de Maria, la hija, y Achouackh Abakar Souleymane, en el de Amina, la madre, en <em>Lingui</em>, de Mahamat-Saleh Haroun
PILI FILMS | Rihane Khalil Alio, en el papel de Maria, la hija, y Achouackh Abakar Souleymane, en el de Amina, la madre, en Lingui, de Mahamat-Saleh Haroun

También Lingui. Les liens sacrés (Lingui. Los lazos sagrados), del chadiano Mahamat-Salet Haroun, está realizada desde un punto de vista femenino. Quien ganó el Premio del Jurado (una suerte de Palma de Bronce) en 2010 con Une homme qui crie (Un hombre que grita) y fue ministro de Desarrollo Turístico y Cultura con el presidente Idriss Déby, asesinado el pasado abril por rebeldes contra el régimen, continúa su carrera cinematográfica con una obra que defiende el derecho de las mujeres a la libertad de su cuerpo en África, y su independencia de los códigos masculinos. De hecho, lingui es la palabra que designa los lazos familiares y de vecindad que, mezclados con la religión islámica, impide la plena libertad de las mujeres.

No busquen estrenos con subtítulos en español en la filmografía de Haroun porque no hay. No ha llegado nunca a las salas del lado meridional de los Pirineos; en cambio, este su último título ya se ha anunciado en las francesas para el 8 de diciembre. Su cine se mueve entre un ritmo contemplativo ante los conflictos bélicos de su país (como en Un hombre que grita) y otro más extrovertido y dinámico sobre la juventud chadiana (como en el musical Grigris, visto en Cannes en 2013). Lingui se encuentra entre ambos, porque es la historia de una madre soltera, aunque creyente, que, a su vez, tiene que afrontar que su hija se haya quedado embarazada a los quince años. La posibilidad de abortar choca con la religión y el castigo de la ley, y con unos medios alternativos con los que, si no disponen de suficiente dinero o por su carácter clandestino, las chicas se exponen a perder la vida. Es un melodrama de denuncia social.

CAROLE BETHUEL | Valeria Bruni Tedeschi (burguesa parisina) y Pio Marmaï (camionero de Nimes) a <em>La Fracture</em>, de Catherine Corsini
CAROLE BETHUEL | Valeria Bruni Tedeschi (burguesa parisina) y Pio Marmaï (camionero de Nimes) a La Fracture, de Catherine Corsini

Esta es la virtud y el defecto de la película porque sacrifica el trabajo psicológico de las dos protagonistas y de los hombres que las rodean, por exponer de forma diáfana, pero demasiado lineal, las injusticias que sufre la población femenina. En cualquier caso, que el film se pueda estrenar en estos momentos en un país tan inestable constituye ya todo un reto.

Acabamos con otra película de denuncia social que afecta directamente a Francia. Aunque cabía esperar más de él porque su título era muy ambicioso: La Fracture (La fractura), de Catherine Corsini. La veterana directora reúne en este relato de una noche en el servicio de urgencias de un hospital de París a dos mujeres, pareja de hecho, de la burguesía de la capital (Valeria Bruni Tedeschi, eso sí muy divertida, y Marina Fois) y un camionero llegado de Nimes (Pio Marmaï) para manifestarse con los chalecos amarillos, y una multitud de personas heridas por los antidisturbios en aquellos sábados de finales de 2018. Un planteamiento muy teórico, esquemático, sin carga documental y que se acaba perdiendo entre el griterío y las carreras por el pasillo, como si se tratara del episodio de un telefilm. Acabada la noche, no nos hemos identificado ni con los personajes centrales ni con los millares de personas anónimas que se manifestaban para que Francia no se olvide de ellos.

* Todas las crónicas del Festival de Cannes 2021

   

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