Un Cannes 2018 al rescate de autores censurados

Leto, de Kirill Serebrennikov, retrata el rock en la Unión Soviética durante la época de Breznev
Prensa Cannes | Leto, de Kirill Serebrennikov, retrata el rock en la Unión Soviética durante la época de Breznev

VICENÇ BATALLA. Más allá de los focos glamurosos de la alfombra roja y el desfile de estrellas del celuloide, el Festival de Cannes 2018 (8-19 de mayo) que empezó el martes defenderá a tres autores en la sección oficial a quienes más que probablemente se les prohibirá su asistencia al festival o a quienes sus películas han sido censuradas en su país. Se trata del ruso Kirill Serebrennikov y del iraní Jaffar Panahi, en el primer caso, y de la keniana Wanuri Kahiu, en el segundo. Un acto de resistencia en esta setenta primera edición que se abrió precisamente con Todos lo saben del también iraní Asghar Farhadi con Penélope Cruz, Javier Bardem y Ricardo Darín entre Buenos Aires y Madrid.

Ante la deserción de Netflix, en su vertiente de productora, y de algunos de los pesos pesados de Hollywood, además de la polémica para cerrar el certamen con la proyección de El hombre que mató a Don Quijote de Terry Gilliam, los responsables de la cita en la ciudad provenzal han optado por reforzar su carácter de cine de autor. Hasta el punto de seleccionar entre los 21 filmes de la sección competitiva a dos directores a quienes sus respectivos Gobiernos les impedirán poder asistir a las presentaciones en Cannes.

Este mismo miércoles, está prevista la proyección de Leto, del ruso Kirill Serebrennikov. El realizador se encuentra en arresto domiciliario desde agosto pasado por presunto desvío de fondos públicos de su compañía de teatro 7º Estudio. Una forma como otra por el régimen de Vladímir Putin de perseguir no solo a los periodistas sino también a los artistas por su libertad de pensar y crear. Serebrennikov había sido nombrado en 2012 director del Teatro Dramático de Moscú Nicolas Gogol. Y habíamos podido ver su trabajo hace únicamente tres años en el Festival de Aviñón haciendo una versión escénica de Los idiotas de Lars Von Trier. Pero este tipo de digresiones, en una sociedad que parece retornar a la amnesia colectiva, no interesa al poder político.

Por su parte, la película Se rokh (Tres caras) del iraní Jafar Panahi está prevista para el sábado que viene. Panahi ya no se halla en arresto domiciliario, pero sí con prohibición de filmar y salir del país durante veinte años desde 2010. Ese año, se le incluyó como miembro del jurado de Cannes como acto reivindicativo. Tampoco pudo ir a recoger el Oso de Oro en Berlín por Taxi Teheran, en 2015. Pese a la prohibición, trabaja con una estrategia de dos equipos de rodaje con el primero despistando a las autoridades y el segundo filmando de verdad. Evidentemente, sus películas no salen oficialmente en Irán aunque la gente se las pasa en DVD.

A Wanuri Kahiu, el Kenya Film Censorship Board le prohibió el pasado 27 de abril la difusión del su filme Rafiki que está programado en la sección paralela Un Certain Regard. El motivo es que habla de un amor lésbico en Nairobi a partir de la novela Jambula tree de Monica Arac de Nyeko. Es la primera vez que se explica en pantalla grande una historia de estas características en África donde la cruzada anti-LGTB es patente.

Farhadi, entre viñas españolas

Son tres ejemplos diáfanos que hacer cine en según qué lugares del mundo sigue siendo un deporte de riesgo. El iraní Asghar Farhadi, de momento, puede seguir rodando dentro y fuera de su país. Y, en cada ocasión, se presenta a competición en Cannes con sus filmes intimistas de intríngulis familiares. Incluso abrió el martes el certamen con Todos los saben, que une a Penélope Cruz y Ricardo Darín venidos de Buenos Aires con un pequeño pueblo del centro de España con Javier Bardem como propietario de viñedos. También aparecen Eduard Fernández, Bárbara Lennie, Inma Cuesta y Roger Casamajor.

Bárbara Lennie, con Àlex Brendemühl, están presentes a su vez en la película Petra del catalán Jaime Rosales en la Quincena de Realizadores que se lleva a cabo fuera del Palacio de Festivales. De hecho, la Quincena de Realizadores es quien asume este año el papel de representar al cine hispano. En las secciones oficiales, como directores solo hay los argentinos Luís Ortega y Alejandro Fadel en Un Certain Regard. Además del biopic de animación sobre el periodista de guerra Ryszard Kapuscinkski Another day of life del navarro Raúl de la Fuente y el polaco Damian Nenow en una proyección especial.

En la Quincena, sobre veinte largometrajes, seis son en castellano: el de Rosales, el de la vasca Arantxa Echevarría, el de los colombianos-a-s Ciro Guerra y Cristina Gallego, el del mexicano Julio Hernández Cordón, el del argentino Agustín Toscano y el de la brasileña pero rodado entre Brasil, Colombia y Perú Beatriz Seigner. En ninguna de las competiciones, y tampoco en la Semana de la Crítica y el ACID, hay en catalán. Seguramente habría que ir a buscar al Mercado para distribuidores donde pueden llegar a proyectarse un millar de nuevos.

Una selección a competición con más riesgos

En las secciones oficiales del Palacio, hay una cincuentena. Los organizadores han visto casi dos mil. En la selección de las 21 películas de la competición principal, diez de sus realizador-a-s participan por primera vez. Y, en el caso del egipcio-austríaco A.B. Shawky, es incluso su primer film. Del cine europeo, hay cinco francesas (Stéphane Brizé, Jean-Luc Godard, Christophe Honoré, Yann González, Eva Husson), dos italianas (Matteo Garrone, Alice Rohrwacher), una rusa (Kirill Serebrennikov), una polaca (Pawel Pawlikowski) y una turca (Nuri Bilge Ceylan). Estados Unidos aporta dos (Spike Lee, David Robert Mitchell). Japón dos más (Ryusuke Hamaguchi, Kore-Eda Hirokazu). Y, después, hay una buena representación de cinematografías no occidentales en una buscada voluntad de tomar más riesgos que en ediciones anteriores: una libanesa (Nadine Labaki), una egipcia (A.B. Shawky), una iraní (Jafar Panahi), una china (Jia Zhang-Ke), una surcoreana (Lee Chang-Dong) y una del Kazajistán (Sergey Dvortsevoy).

Un caso curioso es el de El hombre que mató a Don Quijote, que Gilliam ha tardado diecisiete años en acabar. En 2000, Joan Rochefort que encarnaba al Quijote se le puso enfermo y tuvo problemas de financiación. De aquí salió el documental Lost in La Mancha. En verano pasado los productores Gerardo Herrero y Marcela Besuievsky aportaron el dinero necesario para concluir el proyecto con Jonhatan Pryce como Quijote, aparte de Adam Driver, Olga Kurylenko, Rossy de Palma y Sergi López. Y el filme ha sido escogido para cerrar, fuera de competición, el festival. Pero el productor portugués Paulo Branco reclamaba los derechos de autor y había pedido a la justicia francesa que prohibiera esta proyección. Finalmente, este miércoles los tribunales dieron la razón al certamen.

En medio de todas estas prohibiciones, la presidenta del jurado de este año la actriz australiana Cate Blanchett y sus otros ocho compañeros tendrán que visionar durante once días las 21 películas a la carrera por la Palma de Oro. Si fuera para el ruso Serebrennikov o el iraní Panahi, por méritos propios, el mensaje de Canes aun sería más fuerte.

 

 

 

 

 

 

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