Albert Serra: “Liberté juega con la pulsión arbitraria del deseo”

VICENÇ BATALLA | Albert Serra, durante el pasado Festival de Cannes
VICENÇ BATALLA | Albert Serra, durante el pasado Festival de Cannes

VICENÇ BATALLA. El director catalán Albert Serra es familiar de Cannes. Vino por primera vez en 2006 en la Quincena de Realizadores con Honor de cavalleria. Volvió a la misma programación en 2008 con El cant dels ocells. Su siguiente filme, Historia de mi muerte, se presentó como excepción en 2013 en el Festival de Locarno donde ganó el Leopardo de Oro. Pero, con La muerte de Luis XIV y Jean-Pierre Léaud como actor ya entró en 2016 en el Palacio de Festivales en la sección Un Certain Regard. 

Ahora, con la indómita Liberté (estreno en Francia el 4 de septiembre) sobre el libertinaje de unos aristócratas franceses en Prusia ha vuelto a Un Certain Regard y se ha llevado el Premio Especial del Jurado otorgado expresamente para la ocasión. Su radical puesta en escena ha generado tanto la adhesión de una parte de la crítica francesa (artículo favorable en Libération) como el rechazo absoluto de otra (Le figaro). Dos pulsos en el panorama francés que reflejan el enfrentamiento que se vive en el país más cinéfilo del mundo. Y el bañolense Sierra se encuentra muy a gusto, tal como nos contaba en esta entrevista al día siguiente de la primera proyección oficial.

¿Tenías reservas sobre cómo podía reaccionar el público en esta primera proyección?

“No, tenía cierta curiosidad. Me gusta enseñar mis películas a mucha gente, incluso antes de terminar el montaje. A gente inteligente, que entiende de cine. En este caso, no fue posible debido al calendario. Porque se terminó realmente en el último momento. Y el festival la quería. Sólo lo vio un periodista que nos ayudó a hacer el dossier de prensa y la gente con la que la había filmado, que no tenían una opinión objetiva.

Por lo tanto, tenía mucha curiosidad por la reacción que generaría esta película, porque no es un tipo de film que se vea demasiado a menudo. Pero creo que la dificultad que plantea ‘Liberté’ se agradece, en cierta medida, porque he visto algunas películas aquí que parecen como de niños pequeños, una historia que has visto mil veces, llena de clichés”.

¿Esto quiere decir que tienes tiempo de ver otras películas?

“No muchas, pero siempre veo alguna… De hecho, ‘Liberté’ se decidió aquí el año pasado. Hay cosas que están bien, pero hay otras que no a pesar de la repercusión que tienen”.

¿Con Liberté, has querido llevar al máximo los límites en fondo y forma?

“He buscado que la puesta en escena fuera de vanguardia. El montaje, la manera de filmar, la multiplicidad de puntos de vista, esta pequeña confusión entre la gente que mira y la que se exhibe. Quería que generara confusión en el espectador. El tema lo pedía: se juega con la pulsión arbitraria del deseo.

No creo que la película sea aburrida ni minimalista. Un poco como la ‘La muerte de Luis XIV’. Allí había un espacio único, pero ya tenía una sensualidad interna en el montaje. El objetivo era tratar este tema y crear imágenes inéditas”.

De Casanova a Freud

ARCHIVO | Una de las imágenes de los libertinos de Liberté de Albert Serra, en un bosque de Prusia
ARCHIVO | Una de las imágenes de los libertinos de Liberté de Albert Serra, en un bosque de Prusia

¿Son textos tuyos? ¿También del Marqués de Sade?

“Sí, son motivos clásicos de las novelas de esta época. Sí que son textos míos de mi obra de teatro en Berlín (teatro Volksbühne, 2018). También hay préstamos de textos: el primer diálogo es casi entero de las memorias de Casanova. Pero lo que comienza como una ficción inofensiva del XVIII se transforma en algo más contemporáneo. Y esta sí es una originalidad mía: sin moverse de lugar, ni cambiar los personajes ni el vestuario, poco a poco, por la actitud y sus actos, cambiamos a una ficción que ya no es de una retórica del XVIII”.

A pesar de estar interesado en el XVIII y también el XVII, tú ves el libertinaje desde el siglo XXI…

“Porque hay una autoconciencia. En el XVIII, la gente todavía no se planteaba el deseo como en el siglo XX. A partir de Freud, todos somos más o menos conscientes de que hay un fondo de malestar que guía muchos de nuestros actos y que está en permanente insatisfacción. Y que parece que no se puede acomodar bien a las normas sociales por su propia arbitrariedad.

En ese momento, el libertinaje era una especie de juego de los privilegiados. En cambio, hoy, esta asunción la tiene todo el mundo. En la película, primero es un juego de ficción, de dominio. Pero, después, el deseo se convierte en un nivelador, a partir del cual ya no hay señores ni servidores, ni ricos ni pobres, ni guapos ni feos, ni hombres ni mujeres…”.

¿Cuál ha sido, en este caso, el criterio para escoger a los actores?

“Los actores responden a la misma lógica de lo que ves en la película. Una mezcla de profesionales con otros que no lo son. Hay gente que encontramos con un casting en Facebook, y que no habían actuado nunca. Y hay gente que proviene de la parte técnica. Una de las chicas que hace uno de los papeles más importantes, viene del decorado. Y hay otra, que estaba en la postproducción. Es otro modo de nivelación. Lo que ayuda a crear esta sensación de gente perdida, de gente desesperada”.

Lo que quiere decir que el deseo se mezcla con el dolor…

“En la película, estas fronteras se diluyen bastante. Está el hecho de recibir y de dar. Esta generosidad, también muy del siglo XX. No hay ningún tipo de forma de vanidad, en la relación del deseo. La película lo refleja”.

Helmut Berger, Ingrid Caven y el teatro

¿Lo rodasteis en Portugal?

“Sí, por razones prácticas. Era en septiembre porque, aquí, hacía mucho frío. Lo hicimos en Alentejo”.

Hiciste venir a Helmut Berger, pero no a Ingrid Caven cuando ambos actuaban en la obra de teatro…

“Ingrid vino, pero con mi manera caótica rodamos muchas escenas. Algunas de día, pero mayoritariamente de noche. Y ella, que tiene tantos años, se adaptaba mal a las cosas de noche. Y, al final, en el montaje solo hay un pequeño prólogo de día pero es muy breve. Quisimos que la película tuviera esta lógica nocturna, más desesperada, más oscura. Hasta que se volviera a ver el día, con esta sensación cuando sales de una discoteca. Como viniendo de un mundo cerrado, con una lógica propia. Todo amplificado y lleno de posibilidades. Después viene el día y no volverá. Por más que lo intentes enmascarar, no es posible”.

¿La obra de teatro es muy diferente?

“Es teatro y no tiene la multiciplidad de puntos de vista. Que es la gracia en el cine con el detallismo, poder estar encima para saber quién mira. El teatro, en cambio, es un monobloque y todo esto no está. Es imposible recrearlo artificialmente. A pesar de que, ahora, mucha gente intenta poner vídeos dentro de la escena con pantallas. Para mí, no tiene demasiado interés porque no es la lógica del teatro, que dispone de otras potencialidades. Y esta, en cambio, es la lógica del cine”.

Hay gente, como el francés Julien Gosselin, que está convirtiendo su teatro en cine en directo…

“De acuerdo, pero muchas veces la fuerza del teatro es otra. Con las cámaras puedes conseguir algo, pero a cambio de diluir muchas otras que solo el teatro puede dar. Y estoy a favor de cualquier forma de hibridación. Pero el tipo de emoción teatral que yo he podido sentir no me ha venido nunca por la utilización de pantallas. Al contrario, su presencia me la ha matado”.

En la película, querías introducir una historia relacionada con el director Rainer Werner Fassbinder.

“Es una idea que no sé de dónde salió y se fue repitiendo interminablemente. Pero nunca fue una realidad. Considero muy difícil tratar personajes contemporáneos. Hacer retratos de personas de las que hay imágenes y son muy cercanas. Es muy fácil caer en el pastiche, en algo ridículo. Si es antiguo y no hay imágenes grabadas, es posible. Porque las imágenes reales de mucha gente son mucho mejores que las de ficción que tú harás. Todas las películas que se han hecho del Dalí son ridículas. Lo ves a él en una imagen real y ves que está loco de verdad. Y, en cambio, en las películas ves a un actor ridículo interpretando un Dalí que ya era la misma caricatura de sí mismo”.

Crítica y arte contemporáneo

¿Qué recorrido de distribución le ves a Liberté después de Cannes? Dices que tampoco te esperas un gran éxito.

“Es difícil de decir. Es una película muy especial. Es muy difícil adivinar la reacción de la gente. Pero, ¿hasta qué punto es exportable para un público más normal? No lo sé. Evidentemente interesará a un sector, pero no a todos los mundos. Se venderá en otros países, eso no hay duda. Pero ¿dónde? No lo sé”.

En estos momentos tienes instalaciones y obras de video arte en el Centro Reina Sofía de Madrid o la Fundación Tàpies de Barcelona. ¿Es hacia aquí hacia donde vas?

“Siempre me ha interesado. De hecho, a mí me ha influenciado mucho el arte contemporáneo. Soy muy cinéfilo, pero lo que me interesa son las experiencias de los años sesenta. Todo mi amor por el cine viene de experiencias límite, con el ánimo de que la pulsación de la vanguardia esté allí”.

¿Y Liberté no tiene más sentido que esté permanentemente en un centro de arte contemporáneo?

“No lo creo… Bueno, igual sí”.

La última película de Godard, Libro de imágenes, en Francia sólo se ha estrenado en la televisión Arte.

“A mí me da igual, ¡no es mi problema! Es problema de una lógica económica ajena a mi responsabilidad. Y sobre todo a mis medios. ¡Que la exhiban donde quieran! Supongo que habrá gente interesada y, si hay gente interesada, que la puedan ver en las mejores condiciones. En un museo puedo ver cosas de dos o tres horas. Espero que la gente también vaya adoptando esta actitud porque, de hecho, el futuro será así. Pero los acostumbran tan mal, estando en casa, ¡mirando cuatro series que los entretienen con el móvil! Estás tan entretenido que, cuando tienes que ver algo más difícil, necesitas volver a mirar el móvil”.

Tú, de momento, conectas con la crítica en Francia.

“Yo sería hipócrita tanto si hiciera algo por agradar al público como si lo hiciera por desagradarlo. Sinceramente, no me preocupa. Si conecto, es porque ellos están interesados ​​en una evolución del cine contemporáneo y yo soy partícipe ligeramente. No tengo ninguna intencionalidad de posicionarme en un circuito. Intento hacer obra. En el cine, es algo complicado. Yo intento hacer obra y que tenga una coherencia, una razón de ser y una integridad”.

Anoche, subiste solo al escenario para presentar Liberté. Habitualmente, en la sección Un Certain Regard suben también actores y productores. ¿Por qué?

“No es verdad eso. Habitualmente, lo deciden el director y los productores. Yo soy enseñado de esta filosofía de Jean-Pierre Léaud, la gente que nació con el cine de autor. Él considera, con toda la importancia que tiene como actor, que solo es una herramienta y que el autor realmente es el director. Y yo me he quedado con esta visión de los sesenta. No me gusta porque, normalmente, esto se convierte en una bomba sentimental. Lo que hemos venido a hacer es cumplir con nuestro deber y entregar la película. Y el resto del equipo se puede sentir igualmente partícipe sin subir al escenario. Yo soy de la retórica austera”.

Lee nuestra crítica de Liberté…

 

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